El lobo herido (1)



Con las patas llenas de lodo y nieve y sangre, mire al piso. Había sido un trayecto eterno, lleno de picos y estacas. Traiciones malparidas. Estaba cansado. Del mundo, de caminar, de tí.
Mi hocico cayó de peso contra el piso y mis ojos poco a poco se cerraban. Mi cuerpo, mi alma, ya no podía mas.
Alcé la cabeza alerta con la oreja derecha bien levantada. Podía escuchar aun los tambores, las pisadas, los gritos de dolor.
Aullé con todas las fuerzas que encontré en mi cuerpo.
Aulle por mi vida, por la tuya. Por lo que habíamos perdido.
Pero no quedaba nada. El silencio atronador de las afueras del bosque de cuyo nombre no quiero acordarme me confirmó que no quedaba nada.
Estaba solo.
Escuché las pisadas de nuevo, cada vez mas cerca, cada vez mas fuerte, mas encima de mi.
Me sequé las lagrimas, mordí mi labio y volvi a dar trote con todas mis fuerzas alejandome porfín de aquel infierno nevado, tan lleno de sangre, de lodo, de recuerdos.

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